domingo, 5 de agosto de 2012

5 de Agosto. El coche anfibio.

Son las 6:30 de la mañana y toca levantarse. Lo cierto es que durante la noche ha hecho un frío del demonio y a pesar de los tres pares de calcetines no ha sido tarea fácil dormir un poco. Desayunamos café con leche y galletas mientras que observamos los picos nevados que rodean el altiplano donde hemos montado el campamento. Muchos de ellos superan con creces los 3000 metros de altitud así que no es de extrañar que la temperatura ronde los 4ºC y cada uno esté abrazando su taza de café.
El coche enciende sin problemas y reanudamos nuestro  camino. A los pocos kilómetros nos encontramos con el primer vadeo de consideración, hay un puente al lado del río pero tiene un tremendo agujero en el medio, así que toca bajarse del coche, estudiar la mejor forma de cruzar el cauce y mojarse los neumáticos. Esta tarea tendremos que repetirla varias veces a lo largo del día, afortunadamente sin problemas graves salvo en una ocasión en la que, tras cruzar el río, nos encontramos con una zona totalmente embarrada en la que el corsa se queda enterrado. Cuando ya estamos cavando con la pala para intentar salir del "lameiro", tenemos la fortuna de que pasa cerca un camión al que, con una botella de licor café como premio, logramos convencer para que nos remolque fuera del barro.



Unos kilómetros más adelante, nos encontramos con un equipo inglés parado en un pequeño pueblo  por culpa de un problema serio. En un vadeo han roto el cárter al golpearlo contra una piedra y,  con la ayuda de unos vecinos, están haciendo  un apaño para intentar tirar hasta un taller donde repararlo.
El día continúa entre caminos polvorientos, trampas de barro y un paisaje salvaje: un altiplano verde, rodeado de montañas nevadas y salpicado  por los tradicionales gers blancos que desde hace más de 2000 años forman parte de estas tierras. Aunque eso sí, los actuales se han adaptado a las nuevas tecnologías: placas solares y una antena parabólica combinan a la perfección con los elementos tradicionales.
El final del día nos reservaba lo más divertido: estos últimos días ha estado lloviendo más de lo habitual y nos encontramos con un río que se ha desbordado ocupando lo que antes era la carretera. Al parecer, no queda más remedio que pasar por ahí y el vadeo se las trae. Tenemos que cruzar varios tramos de entre 100 y 200 metros de longitud en los que el agua llega a subir por encima del capó y los limpiaparabrisas no sirven de nada por lo que, en algunos momentos, es necesario conducir a ciegas. Con una mezcla de suerte y pericia logramos no quedarnos atrapados en el barro y podemos continuar hasta cerca de las 8 de la tarde. Sobre esta hora comienza a  anochecer y es el momento de buscar un lugar donde acampar. Además no hemos parado ni para comer y la imagen de un poco de pasta cocinada en nuestro infiernillo mientras nubes de mosquitos nos rodean, nos tiene tan buena pinta como el mejor de los restaurantes.

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