A medida que discurren los kilómetros, vemos que la cosa no va a ser sencilla: la uralita se resiste a desaparecer y además, debido a las lluvias de los últimos días, hay tramos en los que el camino está cubierto de barro, lo que nos obliga a bajarnos y buscar la mejor zona para pasar.
Andamos escasos de moneda local, asi que nos detenemos en un pueblo para cambiar doláres y comprar gasolina. En los bancos no cambian moneda y a base de preguntar, terminamos negociando con la dueña de un pequeño bar que cierra el trato ofreciéndonos unos enormes tazones de leche caliente con té y sal que no nos queda más remedio que bebernos hasta la última gota.
Durante el camino nos encontramos con el equipo de Fernando, Jordi y su Ford Ka que avanzan acompañados por otros equipos italianos. Como tienen más tiempo que nosotros se lo están tomando con más calma (menuda envidia), así que tras una breve pero emotiva charla, nos despedimos con la esperanza de coincidir de nuevo en Ulan Bator.
A medida que avanzamos, el paisaje árido y desértico deja paso a la estepa verde y los tradicionales gers vuelven a aparecer por todas partes al mismo tiempo que se multiplica el número de pistas paralelas que parecen ir al mismo sitio: en algún momento llegamos a contar más de 20.
El reloj no se detiene, está próxima la hora de anochecer y todavía no hemos alcanzado el asfalto. Según las instrucciones de la organización no es nada recomendable viajar de noche. Las razones son que el riesgo de perderse aumenta (en una ocasión un equipo se despistó tanto que terminó en China) y que es fácil terminar metido en un enorme bache o enterrado en el lodo. Cuando estamos dudando entre arriesgar y continuar o bien acampar y madrugar, vemos pasar una de esas furgonetas que hacen las veces de minitaxi. Se nos ocurre que seguramente esté haciendo la misma ruta que nosotros y que probablemente podamos seguirla. La decisión resulta acertada. El conductor se sabe la carretera de memoria y lo perseguimos hasta que hace una parada para que los pasajeros se bajen un momento. Es costumbre que estos taxis hagan paradas periódicas para que los viajeros puedan hacer sus necesidades, poblando la estepa de culos al aire que se integran en el paisaje sin pudor alguno. Aprovechamos este momento para hablar con el conductor a ver sino le importa que le sigamos, nos dice que no hay ningún problema, se dirigen a Ulan Bator y podemos seguirlos todo el tiempo que queramos.
Todavía tendremos que realizar un último vadeo, afortunadamente en esta ocasión, con la ventaja de tener a alguien que nos marca el camino, ya que el río lleva bastante agua y el propio taxista se baja a consultar a unos lugareños que oportunamente aparecieron por allí, sobre el mejor modo de vadear. Aproximadamente a las 2 de la mañana llegamos a un pequeño pueblo en el que encontramos, al pie de la carretera asfaltada, un pequeño hostal con habitaciones libres. Como estamos a unos 300 km de Ulan Bator pensamos que ya es hora de descansar un poco. Las habitaciones son, por utilizar un eufemismo, "sencillas": las camas son bastante más duras que el asfalto, el cuarto de baño está en una caseta de madera a unos 150 metros al otro lado de la carretera y por la ducha ni preguntamos. De todas todas, viendo las pintas que tenemos y el polvo del desierto que se acumula en nuestras mochilas, tampoco creo que nos hubieran dejado poner los pies en un hotel de cuatro estrellas. Nos acordamos de alguna de esas películas de vaqueros en las que el protagonista, barbudo, sucio y maloliente se mete en una bañera llena hasta los bordes y la verdad es que, como al perro de Paulov, la boca se nos hace agua.
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