Después de comer, nos dirigimos a la estación con antelación más que suficiente. El plan es el siguiente:
1. Debemos tomar el tren desde Ulan Bator hasta Zamyn-Üüd, que es la última población antes de la frontera China. Viajaremos en un compartimento con literas y capacidad para cuatro personas así que, al parecer tendremos un compañero de viaje.
2. Al llegar a la frontera, tendremos que bajarnos del tren y tomar un minibús que estará esperando junto a la estación y en el que, supuestamente, cruzaremos la frontera hasta la ciudad china de Elian. Para este minibus tenemos un billete en el que figura la matricula del mismo.
3. En la estación de autobuses de Elian, alguien estará esperando con un cartel de la empresa de autobuses para acompañarnos hasta el bus que nos llevará hasta Pekín. No tenemos billete, tan solo un vale con una foto, el nombre de la compañía y el trayecto: sin fechas ni horarios.
La verdad es que el viaje pinta que no va a ser aburrido, especialmente teniendo en cuenta la fama de los chinos de no hablar inglés y de lo difícil que puede ser comunicarse con ellos hasta por señas. Lo que no sabíamos es que , para completar el cuadro, el que nos vendió los billetes para el viaje era o bien un inepto o bien un caradura. Claro que eso lo íbamos a descubrir en pocas horas...
La primera parte del viaje comienza bastante bien, nuestro misterioso acompañante resultó ser una chica mongola que estudió en Europa. Así que pudimos mantener una interesante conversación en la que nos enteramos de muchas curiosidades sobre la forma de vida en Mongolia como, por ejemplo, que el precio de un ger ronda los 1500 euros o que los niños que viven en ellos, para ir a la escuela, normalmente tienen que desplazarse a casa de algún pariente que viva en una ciudad. Además el tren, a pesar de que tiene un montón de años y al contrario de lo que nos temíamos por nuestra experiencia con otros trenes asiáticos, está limpio y resulta bastante cómodo.
Son las 8 de la mañana cuando llegamos a Zamyn-Üüd. Nos bajamos del vagón y nuestra compañera se ofrece a ayudarnos a buscar el autobús. A la salida de la estación hay varios taxis y minibuses esperando pero el nuestro no aparece por ninguna parte. Por lo que puede averiguar nuestra nueva amiga e intérprete, el autobús ha salido y ya está en la frontera, pero una taxista afirma que nos puede llevar hasta él. Aceptamos el trato. Es un trayecto de apenas un kilómetro y al llegar a la frontera la taxista nos señala un par de minibuses que están parados esperando. Lo malo es que las matrículas no coinciden con la que figura en nuestros billetes,así que nos negamos a bajarnos del taxi a pesar de que su conductora está deseando que le demos el dinero y desaparezcamos. Al final, vuelve a llevarnos a la estación del tren y nos bajamos.
Se aproxima otro taxista que habla algo de inglés, más de lo mismo: que tenemos que pagar. Nosotros insistimos en que no vamos a pagar si no nos lleva a nuestro bus: no bus, no dinero... Subimos de nuevo al taxi y en esta ocasión, nos acerca a la estación de autobuses: allí hay varios buses más pero el nuestro sigue sin aparecer, además en las taquillas tampoco nos quieren vender otro billete. Nuestra taxista se parece cada vez más a Robert De Niro en "Taxi Driver", nos mete prisa para que subamos al coche y de nuevo nos lleva a la frontera. A pesar de lo agradable que resulta viajar en taxi, ya empezamos a estar cansados de hacer el mismo recorrido varias veces, así que cuando vemos que en esta ocasión la taxista habla con el conductor de uno de los autobuses que está esperando y este accede a dejarnos subir, nos llevamos una verdadera alegría. Eso sí, para entrar en el bus, primero nos exige que le demos a la taxista la cantidad de dinero convenida.
El bus va lleno hasta los topes y, lentamente, avanza hasta el control de pasaportes. Allí nos bajamos todos y la gente empieza a hacer cola para salir de Mongolia. El concepto de "hacer cola" es muy distinto del europeo y viene a significar que todo el mundo se agolpa y se empuja intentando colarse como si se tratara del inicio de las rebajas. En medio de esta melé, coincidimos con una pareja israelí que nos explica que es realmente difícil conseguir un billete de bus para cruzar la frontera, al parecer están muy solicitados, no es posible hacerse con ellos a última hora y además no está permitido cruzar la frontera andando. Nos dicen que mientras ellos estaban "haciendo cola" para sacar los suyos, se formó una tangana tan impresionante que tuvieron que intervenir varios policías con pistolas eléctricas para imponer orden. ¡Quién les iba a decir a Tesla o a Edison que con sus inventos estaban contribuyendo a la educación para la ciudadanía!
Pasamos el control de pasaportes y cuando nos disponemos a subir de nuevo al autobus nos llevamos una enorme sorpresa: el conductor nos indica que está lleno y que tenemos que esperar al próximo. No entendemos nada, pero no hay forma de que nos deje subir así que nos quedamos esperando en un camino polvoriento en tierra de nadie entre Mongolia y China. A los pocos minutos aparece un matrimonio con dos niños que viajaban con nosotros y a los que tampoco les hace nada de gracia la situación. Van pasando varios buses pero en todos nos dicen lo mismo: que no podemos subir, que tendríamos que habernos ido en el que nos tocaba. Empezamos a pensar que el conductor accedió a llevarnos solamente para que le pagáramos a su amiga taxista y que nos ha dejado tirados para hacernos la pascua. Afortunadamente, el matrimonio que está en nuestra misma situación habla un poco de ruso y nos dice que nos subamos al próximo bus y que no nos bajemos pase lo que pase. Aprovechamos un descuido del conductor para meternos todos dentro, sentarnos y sujetarnos al asiento como si fuera un escaño de diputado. Cuando el conductor se da cuenta de que tiene varios polizones, se pone como loco para que bajemos y no deja subir a nadie más. Nosotros decimos que no con las cabezas mientras que el matrimonio discute con él. Poco a poco, la cosa se va complicando: aparece un policía y otra persona más que parece ser un responsable de la compañía e insisten con tono bastante amenazador en que tenemos que bajarnos. Nosotros seguimos diciendo que no, hablando en español o inglés y les enseñamos nuestros billetes de bus al mismo tiempo que la madre empieza a perder los nervios y gritar con ellos. Después de varios minutos y tras varias llamadas de teléfono móvil acceden a dejarnos continuar. El resto de pasajeros suben al bus y nos trasladan a la frontera china. Parece que hemos tenido suerte y no vamos a ser los protagonistas de la segunda parte de la película "La terminal", basada en los hechos reales de un grupo de despistados atrapados entre dos países y que sobreviven gracias a la comida que les arrojan desde los coches. En fin, preferimos renunciar a un guión millonario a cambio de regresar a casa...
Nos bajamos en la parte china de la frontera y comprobamos que es radicalmente distinta: un edificio nuevo, policías asegurándose de que las colas sean ordenadas e incluso la posibilidad de valorar la eficacia del agente de control de pasaportes pulsando una tecla que está al lado de la ventanilla. Claro que eso nos da igual, lo que queremos es salir corriendo de nuevo al minibus para asegurarnos la plaza. Lo logramos y en apenas 15 minutos estamos en la estación de autobuses. Como es fácil imaginar, no hay ni rastro de una persona con un cartel esperando por nosotros, así que empezamos a dar vueltas por la estación enseñando nuestros billetes a cualquiera que tenga pinta de poder ayudarnos. La táctica surte efecto y uno de los "conserjes" de la estación nos hace señas de que esperemos un momento. Se va y, en unos minutos, regresa junto con un chica que, en inglés, afirma trabajar para la empresa de autobuses y quiere que la acompañemos a sus oficinas. Las "oficinas" resultan ser una mezcla de ultramarinos y bazar chino que está pegado a la puerta de la estación. Allí nos ofrece una alternativa al viaje en autobús. Al parecer, un amigo suyo tiene que llevar a una chica hasta Pekín y si queremos podemos ir con él a cambio de nuestros billetes. No tendremos que pagar nada a mayores y además llegaríamos a las 9 de la noche en lugar de las 6 de la mañana. Nos da la sensación de que lo que buscan es aprovechar un viaje en coche para llevarnos y, seguramente, revender nuestros billetes. Probablemente, no tengan nada que ver con la empresa de autobuses pero tampoco tienen pinta de pertenecer a una banda organizada de secuestradores de occidentales y, como la oferta es muy tentadora, decidimos aceptar.
Al final, es un acierto: hacemos el viaje en coche, algo apretados pero sin incidentes y llegamos a nuestro hotel sobre las 10 de la noche. Hace tanto tiempo que no vemos un cuarto de baño al estilo europeo que casi se nos saltan las lagrimas mirando una bañera...

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