Astaná es un ciudad que resulta curiosa. Desde 1998 es la nueva capital de Kazajistan. El gobierno ha puesto su empeño en que sea el símbolo de la modernidad del país y paseando por ella no deja de llamar la atención el contraste entre los modernos edificios, diseñados por arquitectos como Norman Foster, y las calles sin asfaltar y llenas de barro a unos cientos de metros de ellos. Las avenidas están llenas de vehículos de alta gama y aunque a nosotros algunas de las edificaciones y monumentos nos parece que podían encajar perfectamente en alguno de esos cuadros tipo cataratas multicolor que venden en los chinos, al parecer para los kazajos su flamante capital es motivo de orgullo nacional.
De vuelta en el hotel contactamos con Carlos, él y su C15 siguen en Almaty. Está desesperado esperando por el billete de avión que necesita para regresar desde Rusia y que hace varios días que debería haber recibido.
En el hotel también coincidimos una pareja de americanos que están de vacaciones con su hijo adoptivo. El chico (un rollizo adolescente de unos 16 años), es de Kazajistán y lo han traído para que conozca su país de origen. Mientras hablamos él sigue jugando con su tablet y de vez en cuando nos mira con cara de estoy harto de este viaje, por favor, que alguien me devuelva al reino de la hamburguesa...
Revisamos toda la documentación y nos preparamos para mañana: sabemos lo que hacemos, estamos motivados y nadie va a impedir que salgamos de la embajada con el visado sea como sea.
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