Llegamos a la parte rusa de la frontera y apenas hay un par de coches esperando. Nada más llegar vemos que la "vida" en esta frontera es mas relajada que en la letona. Es muy temprano y somos casi los primeros, en la parte rusa apenas revisan nuestros pasaportes, le echan un vistazo al coche y poco más. Unos metros más adelante, en el lado kazajo, vemos que la organización tiene un enfoque alternativo. Paramos el coche el lado de la barrera y como no aparece nadie, me bajo y me dirijo a la caseta de guardia que contiene un policía con escasa disposición a trabajar. Mientras le entrego los pasaportes, llega un grupo de gente que quiere cruzarla pie, se amontonan a mi alrededor mientras meten la cabeza por la ventanilla de la caseta, conmigo delante, como si quisieran cruzar la frontera por ese agujero. Lo cierto es que parecen muy intrigados por nuestros pasaportes y se esfuerzan en revisarlos junto con el guardia. Finalmente, el grupo nos da el visto bueno, la barrera se abre y avanzamos hacia la zona de control. Paramos el coche, nos bajamos y comienza un procedimiento que se repetirá en casi todos los demás puntos fronterizos del viaje: cerrar el coche, ir a control de aduanas para cubrir una hoja para la importación temporal del vehículo, luego ir a control de pasaportes y por último el propietario del coche retrocede hasta el mismo para que lo revise el agente de aduanas. Nos sorprende la enorme amabilidad con la que nos tratan, al llegar nos dan la mano y varios agentes se acercan para hacernos preguntas sobre nosotros y el coche. Uno de ellos habla algo de inglés y le traduce la respuesta a los demás. El caso es que caso tuvimos que dedicar mas tiempo a las relaciones sociales que al papeleo. En poco más de una hora ya estábamos conduciendo por Kazajistán.
Nos separan unos 289 km de Atyrau. Durante los primeros km, el asfalto está en un estado aceptable, pero poco a poco se va deteriorando hasta convertirse en una muestra de formaciones geológicas: fallas, picos, cadenas montañosas, cañones y fosas de todos los tamaños se alternan continuamente, haciendo que la suspensión no pare de trabajar y que tengamos que estar muy atentos a por donde pasan los neumáticos. Cuando logramos llegar, estamos realmente cansados así que buscamos un hotel en donde descansar un rato para luego dar un paseo, cenar algo y dormir hasta el día siguiente.
Atyrau tiene el aspecto de cualquier ciudad occidental y no deja de contrastar con los pequeños pueblos de calles sin asfaltar que hemos visto a lo largo del trayecto desde la frontera y que parecen pertenecer a otro país y a otro tiempo.
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